Mi calle

             Un domingo cualquiera, de esos días que el calendario le impregna de rojo y que se prevé sea de paz, de descanso. Te propones dar un paseo, como de costumbre, aprovechando esas calles en las que se cambia el ajetreo diario para convenir un silencio relajante. Pocas personas en el camino; y menos vehículos. El mundo parece haberse parado para regocijo de los que nos gusta recrearnos con los detalles. Caminas escuchando tus pasos, el aleteo de algún pájaro perdido, una palabra de alguien que sigue el trayecto, sin rumbo previsto de antemano. Todo se deja al libre albedrío, incluso la dirección que tomas. Lo que importa es…respirar y vivir.

            De pronto llegas a un lugar conocido, al que la mente -o más bien el subconsciente- ha ordenado a los pies que tomara por rumbo. Y te quedas parado, anonadado, sabiendo lo que supone. Responde el corazón, con un sentimiento profundo. No es dolor, es…amor. ¿A qué o quién? A lo conocido, a lo vivido, a lo entrañable de años pasados que nunca olvidas y que permanentemente llaman a tu puerta interior. Una calle ahora mismo vacía pero que, de pronto, por esa pantalla mágica que a veces se coloca en nuestros ojos, empiezas a divisar con otro panorama pasado.

             Un grupo de viviendas que se tornan blancas, como eran de antaño, cuando eran nuevas y así se conocían. Un lugar propicio para el nacimiento en el seno de una familia entrañable. Unas ventanas que permiten avistar la calle en su extensión; una vista apropiada para ver llegar al cabeza de familia, tras la faena cotidiana. Unos vecinos que propiciaban la convivencia, haciendo que lo familiar les alcanzara para encontrar en sus casas un lugar de acogimiento para el cariño.

          Una calle en la circulaban carros, tirados por mulas, para regocijo de los críos que jugaban en su entorno. El recorrido trasluce el recuerdo de antaño, cuando lo que ahora se divisa como centro de arte lo fue anteriormente como de presidio.

         Un colegio que se llenaba de niños deseosos de aprender, aunque lo fuera bajo el antiguo régimen, obligados a cantar y ensalzar la bandera. La salida llevaba el premio de una buena merienda, con la jícara de chocolate o el pan con aceite.

         Palomas revoloteando por el cielo, adueñadas del entorno y con un runruneo permanente.

         Campanas que suenan para llamar a misa, en la iglesia de la plaza cercana.

          Estudiantes que acudían a clases de la escuela concebida como de comercio, preludio de estudios universitarios de empresariales.

           Parejas de novios que surgían, con el protocolario acto que debía seguirse por aquellos tiempos.

           Tiendas que permitían cubrir las necesidades diarias, sin excesos. Se consumía lo justo, en momentos difíciles, sin frigoríficos ni otros medios tecnológicos avanzados. La loncha de jamón era el mayor sacrificio que podía hacerse como remedio eficaz en momentos de enfermedad.

           Algún afamado artista del momento que hacía florecer sus invenciones.

          La radio se convertía en la mayor diversión posible. Sí, “ustedes son formidables”, o el sollozo novelesco de “Ama Rosa”. La televisión surgía, y el vecindario se reunía en las casas de los que la fortuna les había permitido tener este medio.

            Un cinema, concebido como de España, que permitía seguir las peripecias del Coyote, o el Enmascarado, en sesiones continuas que te recogían en tardes enteras.

             El sonido de la sierra que sale de una carpintería familiar.

             Los fríos de inviernos se paliaban con braseros de picón, en la carbonería que también existía en las inmediaciones.

              Pandillas de críos y jóvenes aprovechando los espacios de las calles. Saltando, divirtiéndose y…también haciendo guerrillas. Unos primeros amigos que eran todo para ti.

              El silbido del afilador irrumpía en los hogares. Verlo de cerca se tornaba en una agradable diversión.

              Tardes de calor veraniego, con silencio profundo en las calles y el momento de la necesaria siesta a la que se negaban los jóvenes,  obligados a cuanto menos mantener el silencio. Pasado el sofoco, escuchar al heladero recorriendo la calle permitía dar por concluido el recogimiento familiar.

          Una lágrima recorre mi cara, porque la nebulosa que estoy viviendo se ve iluminada por el recuerdo. Sí, estoy en mi calle, la que me vio nacer y crecer, la que me permitió hacerlo con el amor de una familia que permanece en mí. Una calle que ahora desconozco en su esencia, y su aspecto. Una de tantas que se encuentran en el casco antiguo sin porvenir, presuntuosa de su pasado pero melancólica del presente.

           Nominada puntualmente como de Regulares Marroquíes, preludio del que fuera mi destino en ese obligado servicio militar de entonces, pero conocida por su antiguo nombre que es el que ha vuelto a lucir en su denominación: la calle Chapín.

marroquis

           Mi calle es ese refugio del pasado, donde se archivan los recuerdos de la infancia y la juventud, donde anida la felicidad. El subconsciente no traiciona, sabe llevar al lugar que permita recordar para seguir…con amor.

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