El teatro de la vida

         Cuando miro el entorno que me envuelve, sea en el mundo del trabajo o en el espacio abierto por el que pueda transitar y compartir con otros semejantes las maravillas que el mundo nos brinda, no puedo cuanto menos que ver lo diferente que resultan las personas cuando están viviendo en sociedad y cuando se mueven en la soledad del espacio íntimo que posee cada uno. Al menos así lo presiento.

        Cierto que el ser humano es social por naturaleza, pero la verdad es que, para convivir, cada uno se pone la careta correspondiente. Y es que, si reparas, cuando te levantas y divisas en el espejo de la mañana esa persona que tiene que salir a enfrentarse a la sociedad, el tiempo que supone despabilarse es también el que precisamos para tomar aire y poner la cara que queremos representar en el teatro que la vida nos brinda.

hipocresía

      Ya en la calle, empieza la obra de teatro. Con el guión que hemos ensayado. Interpretando el papel de nuestra vida. De esta forma llegamos a conocer a las personas por una determinada fisonomía y aparente credibilidad que nos ofrece su confortable presencia. Pero descubrir el interior es otra cosa. Normalmente cada uno escondemos -o así pretendemos- que las debilidades no salgan a flote. El esfuerzo que hacemos es para que seamos conocidos por las fortalezas que conseguimos mostrar.

       Al modo de un gran romance, no queremos defraudar a los que tenemos cerca y, mucho menos, cuando tienen que tomar decisiones que nos pueden afectar, como ocurre en la relación que se mantiene con nuestros compañeros en el campo del trabajo. Tratamos, por todos los medios, de aparentar lo que a veces no somos, para con ello “despistar” a los demás.

       Así las cosas, cuando salen a flote ciertos aspectos hasta el momento desconocidos, nos quedamos perplejos. No damos crédito y no lo podemos creer. Pero si era una excelente persona, un ejemplo a seguir, un modelo de seriedad y honestidad. O, sin ser incorrecto un comportamiento, simplemente nos parece impropio de quien creemos conocer y nos parecía que actuaría de otra manera. Ese era el objetivo de la apariencia, claro está.

       También ponemos en el podium a personas que consideramos modélicas y no concebimos que, siendo humanos, también tengan sus debilidades y den los tropiezos propios de cualquiera que sea terrenal. Nadie es perfecto, gracias a Dios. Lo que ocurre es que no queremos creer en esos aspectos como propios de quién idolatramos. Olvidamos que esa cúspide modélica debería ser ocupada por quien fuera más humano en su comportamiento externo.

       Porque por mucha apariencia que tengamos cometemos errores, lloramos en la intimidad, sentimos dolores, sufrimos por lo que vemos acaece alrededor, por los improperios que nos infieren, afrontamos las tentaciones que la vida nos presenta y, al final, siempre está presente un ser tan débil como divisamos en nosotros mismos, tan necesitado de ayuda como cualquiera, y tan deseoso de amor y comprensión como sentimos en nuestras propias entrañas.

       Tan razonable como para advertir la diferencia que existe cuando conoces una pareja, disfrutas de las lindezas de la vida, y llegas a la realidad que ofrece la convivencia, el momento en que aflora el sujeto que está dentro de cada uno, el que ocultamos a los demás para sentirnos aparentemente mejor. Descubierta la realidad, no es que haga imposible la convivencia, sino simplemente que, o te amoldas a lo que ahora descubres, aprendes a respetarlo, o la relación se hará imposible. No es que descubras algo totalmente diferente a lo que vivías superficialmente, sino que lo intuido llegas a conocerlo con mayor profusión. Compartir las debilidades fortalece la relación, pero claro, ello supone que quieras afrontar el reto, y a veces no todos están dispuesto a superarlo porque prefieren seguir pensado que hay humanos que están dotados nada más que de virtudes extrínsecas.

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        En el devenir de lo cotidiano, los momentos de carnaval ayudan a sacar lo que se lleva dentro. Tras la careta, el disfraz, o la indiferencia de los demás, buscamos hacer lo que nos pide el interior, sin tapujos, sin dificultad. El carnaval es, por ello mismo, la apertura del gran teatro de la vida. La alegría que se muestra envuelve el ferviente deseo de que lo infeliz quede ensombrecido por la liberación que supone no tapar un sentimiento presente. Por ello mismo, y si eso nos ayuda a conocernos mejor, feliz y dichoso momento para todos. Porque lo oculto no impide el sentimiento que florece.

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