El uso de latinismos

        No es difícil advertir en el uso cotidiano del lenguaje español la incorporación de palabras que proceden del latín, y que resulta mucho más frecuente cuando se trata de textos académicos o en el uso y práctica más acentuada que realizan juristas (por la «herencia» que el derecho actual recibe del derecho romano) o humanistas en general. Si quisiéramos encontrar su justificación podríamos encontrarlo en cuanto que el latín constituye el origen de todas las lenguas románicas; pero si deseamos hacer una prospección más incisiva lo haríamos por considerar el latín como una lengua de cultura, tanto como para ser el más importante sustrato cultural de la civilización occidental. Una estima que puede observarse incluso en las costumbres expresivas que se utilizan popularmente, como acaece cuando se dice que tal o cual persona “sabe latín”, en alusión a quien se considera inteligente por el hecho de dominar la lengua latina.

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              Es por ello que los lingüistas acuden, por igual, para designar a estos vocablos como latinismos o cultismos, aun cuando quizá el último término sea mucho más amplio para abarcar no solo a la incorporación de palabras latinas, sino de cualquier lengua. Por ello, y al estarme ahora refiriendo en exclusividad al préstamo que hacemos del latín, concebiré esta práctica como propia de “latinismos”, aun cuando ello pueda suponer también una forma de embellecer un texto presuponiendo a su autor con un cierto nivel cultural. Ocurre que, en muchos casos, el uso desmedido e incorrecto gramaticalmente hablando, hace suponer todo lo contrario, llegándose a hablar entonces de “latinajos”.

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            No es mi propósito hacer aquí y ahora un compendio preciso y completo de las muchas palabras que comúnmente vemos incorporadas a los textos y que proceden del latín, pues ello rebasaría con creces mis pretensiones, que son más limitadas. Sí quiero, en cambio, hacer alusión a algunas referencias que puedan encontrarse en los textos, o escucharse en discursos o presentaciones que se hacen en directo y que pueden resultar conocidas a la vista o al oído pero que, sin embargo, no parece que resulte fácil entender su significado. Al menos es lo que detectó por las preguntas que se hacen.

      Conviene, no obstante, precisar algunas cuestiones previas. Por lo pronto decir que cuando se incorpora una palabra latina a un texto hay que hacerlo poniéndola en cursiva, prescindiendo de las tildes, asimiladas a los extranjerismos crudos y quedando de esta forma diferenciada de la letra redonda que preside el texto en lengua española. También hay que tener en cuenta que ciertas palabras latinas han sido incorporadas ya al catálogo de las reconocidas en español, por aquello de que su práctica tan corriente y generalizada ha aconsejado asumirlas dentro del léxico de la lengua española,  (como pueden ser estatus, quid, déficit, superávit, cuórum, réquiem, etcétera), en algunos casos con pequeñas variantes, que se escribirán en redonda y con las tildes correspondientes según las normas ortográficas usuales.

         Dicho cuanto antecede, hagamos alusión a ese pequeño catálogo de palabras que quiero resaltar y, en primer término, me referiré al vocablo latino sic, que seguramente habremos visto alguna vez incorporada a los textos y que, pareciendo una sigla, abreviatura o palabra con apócope (aquellas que pierden letras al final), no lo es. Se trata de un adverbio del latín que significa, literalmente, “así”. Un precedente latino lo es la frase hecha sic erat scriptum (así fue escrito). Su aplicación al español supone que quien está redactando detecta un error, por tratarse de una palabra o frase que puede parecer incorrecta o imprecisa que no debe, ni puede corregir, normalmente por estar haciendo una cita textual, y que cuando se trata de un error ortográfico o de concordancia (en género, número o conjugación) debe ser incluido inmediatamente después de la falta apreciada. Generalmente se usa entre paréntesis o corchetes, siempre en minúscula, respetando íntegramente la fuente principal. El mensaje que supone está claro: “léase como está, por mi parte lo transcribo dándome cuenta del error, que no me siento responsable”. Por ejemplo: “¿Pedistes (sic) una copia?”; “Ni ganamos, ni perdimos, sino todo lo contrario (sic)”.

          Aun cuando la utilización más evidente lo es en manuales y trabajos escritos académicos, también puede verse utilizado por periodistas que transcriben las palabras dichas por un entrevistado o por las declaraciones realizadas de alguna personalidad. En el mundo del Derecho puede verse en documentos legales y en sentencias judiciales que transcriben textos en los que se aprecian esos errores o incorrecciones.

            Una práctica desafortunada viene cuando ante las locuciones latinas se adiciona alguna preposición, por resultar redundante al estar ya incluido en las expresiones que están en ablativo, como ocurre cuando se utiliza per se (por sí mismo), motu proprio (por propia iniciativa), ipso facto (en el mismo hecho). No es correcto, por tanto, escribir “de motu proprio”, por citar un ejemplo.

           En actos solemnes, con carácter previo a la condecoración u homenaje a alguna persona que merece la distinción, se lleva a cabo lo que se llama una laudatio, palabra latina que procede del verbo laudare, se forma sobre el sustrato laus, laudis (alabanza). Un vocablo que parece que designó en origen el hecho de repetir mucho un nombre para bien, o de cantarlo (como se hacía en los funerales, en un acto llamado laudatio funebris que luego asumió la forma de un discurso de alabanza).

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           En los textos escritos podemos igualmente advertir cómo se incorpora en las citas la voz op. cit., aun cuando estas abreviaturas las podemos ver ya con texto español ob. cit. El latinismo atiende a la expresión opus citatum (obra citada), y aparece en los textos académicos a partir de la segunda ocasión pues la primera aparece con la referencia completa a la obra de que se trate y su autoría.

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          También en sede académica es corriente observar la voz et al., donde et conforma la conjunción “y”, y al. es la abreviatura de allí, que significa “otros”. Se cita un autor inicial y se completa con el enunciado “y otros” para referirse a otros autores que completan los redactores del documento que se cita. Al constituir el segundo término una abreviatura, se completa con el punto.

Ejemplo: 28DF03EA-0897-418B-9F2F-284CC19775C9

           En el mundo del Derecho abundan aforismos latinos, que no por conocidos visualmente impiden que entremos en considerar algunos de los más frecuentes.

          Así, las expresiones de facto y de iure, se utilizan para aludir a una cuestión de hecho o de derecho, respectivamente, aludiendo la primera a una mera realidad fáctica no contrastada o respaldada por una norma previa, y la segunda al respaldo jurídico que conlleva.

         También puede verse, aunque ya lo sea en textos más académicos o jurídicos de cierta relevancia, los términos ex nunc (desde entonces) y ex tunc (desde ahora), que hacen referencia al tiempo que comprende la aplicación de una norma o documento jurídico, implicando el primero la retroactividad de sus efectos antes del dictado de la norma; y el segundo la locución opuesta, para hacer referencia a que la eficacia de la norma será desde el momento en que se origina, esto es, sin retroactividad.

            De las locuciones más utilizadas se encuentra la concebida como in dubio pro, complementada según los casos: in dubio pro operario (ante la duda, a favor del trabajador), in dubio pro reo (en caso de duda, a favor del acusado), in dubio pro debitore (en caso de duda, a favor del deudor), in dubio pro cive (en caso de duda, a favor del ciudadano), in dubio pro contribuyente (en caso de duda, a favor del contribuyente), etcétera. También puede utilizarse la expresión in dubio contra, que obviamente expresa lo contrario.

            Para referirse a los plazos en que puede aplicarse una norma o contrato se utilizan las expresiones dies a quo (días desde que, o días a partir de los cuales) y dies ad quem (días hasta el que, o fecha final del plazo).

        El término latino curriculum vitae (carrera de la vida) ha experimentado variaciones dignas de resaltar. Así la actual concepción y uso de la expresión conlleva que, cuando se utilice como latinismo ha de ponerse en cursiva y sin tilde. El plural se mantiene invariable. Si se utiliza el término aceptado ya en la lengua española, se escribe en redonda y con tilde currículum vitae, y cuando se trate del plural ha de añadirse una “s” (curriculums), sin que para la Real Academia Española resulta adecuada la variante curricula, por corresponderse con el plural latino.

       También se encuentra incorporada a la lengua española la palabra currículo, pluralizado con la de currículos. De este modo, las palabras currículo, currículum y curriculum vitae solo son sinónimas con el significado de “relación de los títulos, honores, cargos, trabajos realizados, datos biográficos, etc., que califican a una persona”. La voz currículo es además “plan de estudios” y “conjunto de estudios y prácticas destinadas a que el alumno desarrolle plenamente sus posibilidades”.

            Las exposiciones suelen concluir con otro latinismo, dixi (he dicho), aun cuando está un tanto en desuso por concluirse ordinariamente con las palabras españolas. Cuando se añade una “t”, dixit (ha dicho), se utiliza cuando se quiere enfatizar lo dicho por un autor de especial relevancia. Los escolásticos solían citar a Aristóteles diciendo Magister dixit: el maestro ha dicho.

       Con todo, y aun cuando resulta atractivo culturalmente la incorporación de latinismos, habría que concluir diciendo que no resulta muy conveniente abusar de ellos si no se cuenta con una base apropiada del latín o cuando el texto pueda resultar incomprensible para la mayoría de los lectores. En todo caso, una buena práctica sería incorporar la traducción. Dixi (he dicho).

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