El tesoro de los balcones

          No se confundieron aquellos que pensaron mejorar la estética de las edificaciones con unos salientes a los que llamaron balcones, y que no solo cambiaron el aspecto ramplón que pudieran tener las casonas y caseríos sino que también propiciaron que se mejorara la calidad de vida de los vecinos, para salir y acercarse a las calles en unos espacios donde se podía establecer un pequeño jardín florido, servir de tendedero hasta que los municipios y comunidades empezaran a prohibir este uso hacia el exterior, acoplar algunos trastos que no caben en el interior, como bicicletas; o, simplemente, para salir a tomar el aire o el sol, y divisar el tránsito callejero. Un lugar, sin duda, entretenido. El aspecto externo dice mucho de lo que hay dentro.

balcones5          Qué brillante idea de la que nadie sabe, o al menos yo no encuentro la fuente precisa para ello, a quién se le encendiera la bombilla en uno de los inventos que ha contado con mayor arraigo en la historia de la humanidad. Hasta llegar al extremo de que los balcones, en algunos lugares de solera, se alquilan para eventos que pudieran pasar por las calles, con el caso más sonado de los desfiles procesionales de la Semana Santa; o para dar mítines y favorecer el lugar donde dirigirse a un público fervoroso, como ocurre cuando las casas consistoriales lo utilizan para los famosos pregones; en fin, un balcón solemne y sobradamente conocido por todos es el que sirve a Su Santidad el Papa para dirigirse y bendecir a los fieles, y también el balcón central de la Basílica de San Pedro es el lugar elegido para que, cuando toca, el cardenal protodiácono informe que un nuevo papa ha sido elegido (¡Habemus papam!).

          Los poetas y el amor también encuentran en el balcón un bello escenario para las florituras que adornan a los protagonistas: “sufre Julieta en su balcón, viendo escalar a su galán”, que no es otro que Romeo. Hasta políticos se han atrevido a decir que la disposición de un balcón auparía su estima por los ciudadanos: “Dadme un balcón y seré Presidente”, dijo en su momento José María Velasco Ibarra, que llegara a la presidencia de Ecuador. O motivo principal de bellos poemas: “Sur le balcón” del francés Paul Verlaine.

          Quien nos iría a decir que en este devenir de los tiempos sea el balcón el lugar que permite dar vivacidad a los confinados habitantes de casi todo el mundo, por ese aislamiento obligado que ha llevado la virulenta enfermedad del Covid-19. Un lugar donde se permite un ligero escarceo para tomar algo de ese aire que no sabemos bien como fluye en estos instantes, o las brisas de sol con las que graciablemente nos regala aquí por lo menos, en España, una primavera un tanto peculiar y desconocida. Hasta te emociona ver cómo florecen esas macetas que se asientan en este lugar. Nunca se le ha prestado tanta atención como en estos momentos, como fiel reflejo de lo bello que da la naturaleza y que ahora se nos niega disfrutarla en toda su esencia.

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           Todos los días los balcones se convierten en espacios apropiados para congeniar con los vecinos. Los de al lado, los de enfrente, de la lejanía que brinda la vista, y también para aunar un sonoro aplauso para quienes en sus lugares de trabajo, hoy convertidos en sitios compungidos en los que se lucha masivamente por vivir, dan todo lo que de profesional y personal tienen en aras de salir de este embrollo en el que nos ha metido la dichosa ventura de la vida. La emoción eriza los bellos y no hay día en que el sentimiento no plasme el golpeteo de las manos, tanto más cuando ves que otros héroes del silencio, los policías, bomberos, ambulancias, protección civil, te responden con su paso por las solitarias calles. Y ves a ese personal de limpieza que más solos que nunca dejan inmaculada la zona por la que transitan, al coro de unos pájaros que revolotean un tanto desconcertados, sin saber qué pudiera estar pasando.

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          Los balcones son también, ahora y en estos difíciles momentos, lugares donde la cultura fluye con intensidad. La música improvisada, el canto de voces agraciadas, o la sonoridad del “resistiré” que todo el mundo conoce como himno del momento, hacen que por instantes todos saboreemos lo bello de la vida, propia de otro himno musical adecuado para el momento. Un momento que refuerza las ansias por vivir, por salir del escollo con la fuerza de enfrentarse al enemigo invisible.

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         En fin, los balcones también tienen su poso negativo, dicho sea con el único propósito de enmienda que debería tenerse. Pero como la viejecita del visillo que ha inmortalizado el gran humorista José Mota, algunas personas aprovechan para el gratuito chismorreo, cuando no para sacudir misivas indignas, con el caso más flagrante de quienes se atrevieron a denunciar a un padre que paseaba con un hijo, sin comprobar o darse cuenta que este último era autista, necesitado de expansión. Tan macabro ridículo llevaba a que se intentara propiciar que los padres lucieran un brazalete azul para que nadie se llevara a engaño. Tamaño despropósito es objeto de la más fervorosa oposición. Hasta aquí podemos llegar. No creemos que nadie tenga que sufrir el incordio de privarles de su dignidad mediante un humillante signo de identificación.

             Este visillo es el que a veces se descorre un poco para pronunciarte palabras como las que recibí en una de esas esporádicas salidas que semanalmente hago para adquirir los productos más básicos que se necesitan. Una voz con tono burlón gritó: “se te ha olvidado el perro”. No pude ver al listillo de turno, aunque lo tomé como propio de una gracia que también en estos momentos nos hace falta.

              Mi homenaje a los balcones no puede terminar sin compadecer a aquellos que no lo tienen en sus viviendas, o aquellos que por ganar un metro más al habitáculo interno de las casas llegaron a cerrar el espacio. A buen seguro que ahora darían lo que fuera por reponer lo perdido. Porque quien tiene un balcón tiene un tesoro. Yo, en todo caso, me siento plenamente identificado con este lugar de esparcimiento. Y ahora que se acerca las 20:00 horas de un día más, saldré a tomar un poco de aire que refresque mi turbia mente confinada, y ofrecer un nuevo aplauso a mis héroes sanitarios. Os prometo que siempre lo seréis.

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