Suenan tambores de guerra

El mundo enloquecido que vivimos hace que no dejemos de buscar motivos para enfrentarnos, y no dejan de ser pocos los ruidos lejanos que anuncian tiempos de conflictividad. El caso es que por si no tuviéramos poco por la enconada lucha que mantenemos contra la pandemia del coronavirus, el ser humano muestra su cara belicosa en ese dichoso conflicto que pone por medio a Ucrania, entre la Rusia que da la cara combativa y la Unión Europea y la OTAN que quiere mostrar una faceta defensiva de la humanidad. El caso es que por mucho que nos inviten a ver un terreno de juego peligroso en el que participan buenos y malos, no parece muy convincente tanta información desvirtuada o poco traslúcida y que induce a inclinarse por el sometimiento a palabrerías vagas interesadas.

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Un alto en el camino: estancia en el Monasterio de Silos

He venido observando por los relatos de personas que muestran sus experiencias en las redes sociales, de características muy diversas ―escritores, directivos, famosos o simplemente personas anónimas que transitan por la vida―, cómo se retiran en estancias cortas a hospederías de monasterios y conventos para descansar en un ámbito de paz y austeridad. Una experiencia que se me antojaba como relevante y hasta cierto punto necesaria para limpiar el interior y proseguir el camino, y encontrar unos momentos propicios para afilar el lápiz que se veía impedido de continuar escribiendo. Fray Luis de León, un hombre de religión, pero también un hombre de letras y convencido humanista, ya decía en el siglo XVI: ¡qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido!

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Feliz Navidad vs Felices Fiestas

En esta vida parece que las personas estamos decididas a enfrentarnos de la manera que sea. Mucha igualdad y deseos de bienaventuranza navideña o de jolgorio festivo, con la ternura del corazón abierto, pero a la postre la división y el enconamiento interno se mastica por doquier, porque siendo conscientes de lo que se cuece en este período, parece propicio para algunos eso de empeñarse en verlo desde ópticas bien diferenciadas y con afán de hacer prevalecer la posición que se tenga, a veces rayando lo irrisorio. Y digo yo, si esto se hiciera desde la óptica del respeto mutuo no habría más que hablar, pero no es así, los que siguen esta doctrina del enfrentamiento intentan por todos los medios salir victoriosos del pulso que se propicia para dominar el cotarro de la forma que sea.

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El descanso eterno de los humanos

No solemos hacer muchas referencias a ese difícil momento que supone la muerte de las personas y el cobijo que los acoge para que descansen en paz. Incluso ahora, en la actualidad, es cada vez más generalizada la incineración y con ello la desaparición de enterramientos en los lugares destinados para ello, si bien se expande la construcción de columbarios en lugares sagrados que, a la postre, es tanto como desear que la esencia misma de la persona se mantenga cercana al Dios que les proteja en ese viaje a la eternidad. Reviviendo, de otra forma, tiempos pretéritos.

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Una visita al Colegio San José de Villafranca de los Barros

Hay instituciones académicas que, con su propia historia, mantienen sus principios inspiradores no sin encontrar las múltiples trabas con las que hoy en día se encuentran, producto y consecuencia de ese intento de alejar la educación de lo privado, al menos en cuanto pueda suponer recibir subvenciones que permitan su supervivencia. Un claro exponente se encuentra en los colegios religiosos de corte católico, a los que parece declararse la guerra por aquello de encontrarnos en un país que, con la Constitución en la mano, se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto y se especifica el carácter aconfesional del Estado.

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Cada cual a lo suyo

Resulta consustancial a la vida que nos haga parecer como seres inmutables al paso del tiempo y que consideremos estar aquí más allá del marcado para nuestra existencia física. La cuestión es que vivimos envueltos en ese dinamismo que lleva a perder mucho tiempo en cosas triviales para hacerlo irrecuperable cuando dejamos de dormitar despiertos.

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La voz de la ciudadanía

Si hay algo que mide el estado de cuanto sucede es la opinión que muestren los ciudadanos, con el ferviente deseo de ser escuchados para que se reaccione desde aquellas posiciones altaneras que dilucidan el camino que se sigue -o debe seguir- el pueblo llano. Esa es, quizá, la mejor encuesta que se hace en tanto no sea provocada por los que tergiversan las realidades por intereses espurios de todo tipo. Y debería ser, sin duda alguna, la base misma de la libertad democrática. Una evidencia popular de ciudadanía ética que, como vaticinara en su momento el escritor Víctor Corcoba, esté alejada de los simples dispensadores de política.

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Tocar fondo

Resulta admirable ver a esas personas que envueltas de una autoestima considerable caminan por la vida con el entusiasmo necesario para que la felicidad irradie en sus movimientos. Y no es porque hayan dejado esas cruces que cada ser viviente lleva a cuestas, porque la vida sonríe por etapas cuando no se ve cubierta por los nubarrones que acechan inesperadamente. Son así por la sencilla razón de que su positivismo aflora por doquier. Por su carácter. El caso es que este tipo de personas transmiten la vitamina necesaria para que los afortunados que se les acerquen salgan fortalecidos en su ánimo y actitud. Diferentes muy mucho de otros que, sin aparente justificación o con ella ínsita en lo recóndito de su ser, van incordiando hasta convertirse en personas tóxicas que contagian cuanto encuentren en su camino.

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