Pinceladas de una decadencia

El mundo entero parece tambalearse en medio de este pasaje que nos toca atravesar por la dichosa visita de un extraño invasor que no tiene reparo alguno en propiciar –si se le deja- el exterminio humano. Con el furor de la batalla emprendida, la defensa se centra ahora en esa masiva vacunación que parece suponer el remedio a tamaña desdicha. Buscando inmunizarnos para tener una cierta normalidad en la convivencia, y soñando con dejar esas dichosas mascarillas que vienen ocasionando otros problemas de insalubridad añadidos. ¡Cuánto sopor a tamaño infortunio!

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A propósito de la vacunación contra la covid-19

Los tiempos recientes nos están llevando presurosamente a la conflictividad entre derechos constitucionalmente reconocidos. La libertad de expresión es, en este sentido, la panacea a la que todo el mundo quiere acogerse para desvirtuar o quedar en segundo término otros derechos individuales igualmente caracterizados por el emblema de ser fundamentales para el ser humano. Parece que eso de ser demócrata implica que todo ser viviente pueda esgrimir cuanto vierta su ruidosa boca, esencia misma de un desahogo que no tiene por qué estar en consonancia con el respeto, la educación o la misma convivencia, ciertamente devaluados en unos tiempos donde el bullicio callejero no siempre permite la paz social.

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Las iniciativas populares

Lejos de otras cuestiones colaterales que sirven exclusivamente a la idea de rencor y venganza, que mueva a desaprensivos a la destrucción de cuanto suponga un precedente histórico, lo cierto es que las ciudades de cualquier parte del mundo se precian, desde el principal impulso que tuvieran en el siglo XIX, de estar engalanadas con estatuas o monumentos singulares que convierten a los lugares en sitios de recuerdos, por aquello de exaltar a personajes o hechos de trascendencia histórica, y que no solo favorecen a sus ciudadanos por hacer más gratos y embellecer esos espacios públicos, sino también para los visitantes que recorren las ciudades dispuestos -cámara en mano- a conocer lo que aparezca en su recorrido.

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Caminar para vivir

Los tiempos que corren llevan mucho al recogimiento, para evitar los peligros que inunda la convivencia, y con ello a interrumpir el tránsito por ese camino que nos ha tocado vivir a cada uno y que, aun estando lleno de virulencias y curvas que lo hacen un tanto complicado, siempre será mejor que sufrir esta parálisis tan indeseable. Pero ahora toca parar, aunque el reloj de la vida no se interrumpa y el camino vea recortado su horizonte. Por desgracia para tantos y tantos, el camino ha llegado a su fin terrenal.

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Los incitadores del odio

Ahora que me puedo permitir dedicar algo más de tiempo para la reflexión no dejo de sopesar los acontecimientos que crujen a una sociedad que percibo presa del odio, en esa osada prestancia de quienes aprovechando la libertad que ofrece esta democracia tan peculiar como la española, no dejan de poner en riesgo todo un sistema de convivencia humana. El respeto me parece a mí que es el principal valor que debería tener cualquier persona que se preste de ser demócrata, porque impregnará toda su actividad y aliviará los ataques de quienes quieran sustituir ese valor por otros donde la alteración, la represión, la incitación al odio, sirva para que se dividan y enfrenten los integrantes de la comunidad.

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Jugar a «la pelota»

Ahora que han pasado los Reyes Magos y han venido cargados de tecnología y medios acordes con los tiempos que corren, me llega el recuerdo de una infancia e incipiente juventud en la que, casi era lo normal, los pedimentos de las ilusionadas cartas que se les había dirigido quedaran menguados a lo que las posibilidades del camino permitían traer a SS.MM. Sea como fuere, y salvando ese momento puntual donde la majestuosidad llegara hasta las cosas más increíbles, como ese en el que las lágrimas brotaron por ver la tan deseada bicicleta, nunca pude ver al lado de mis zapatos y la bandeja de consumida copa de anís y polvorones, un atuendo coincidente con los que lucían mis estrellas futboleras, ni el soñado balón de reglamento que facilitara la práctica sin depender de alguno de los pocos amigos cuyas posibilidades familiares permitían tener ese increíble sueño de muchos.

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Tiempos para soñar

Llegó 2021, ese año considerado como de la esperanza tras el turbulento precedente de otro que tendrá nombre como para ser recordado entre los más trágicos vividos por la humanidad. Un nuevo año con doce puertas abiertas y 365 pasos que dar, en el que se ha depositado la confianza para que aquello que se concibe como normalidad -nueva para algunos progres y vieja para los que añoran lo que éramos- pueda presidir nuestras vidas, nuestra relación, nuestro devenir de lo cotidiano. Ojalá pueda transcurrir como deseamos, porque si algo preside nuestras vidas es la de hacerlo con la libertad de soñar, con la profundidad y sentido que queramos, deseemos o añoremos. Son, sin duda, tiempos para soñar.

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El adiós sin razones

Queda bien poco para dar por concluido un año que no merece tan siquiera una digna despedida y, si acaso, intentar olvidarlo cuanto antes mejor, aunque estar aquí ahora y poderlo contar es ya toda una odisea en el bullicioso estruendo que nadie podía imaginar que se produjera por estas mismas fechas del fenecido 2019. Por eso mismo, quizás más que olvidar sea oportuno el tenerlo muy presente para que no se flaquee cuando perdamos nuestro horizonte dejando la piel en cosas mezquinas.

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La desazón del adiós

Si hay una palabra que define un sentimiento con especial profusión es la del “adiós”, esa que se dice con intensidad cuando se deja atrás algo más que una mera despedida temporal. El “adiós”, dejando de lado esas otras connotaciones que aparecen recogidas en el diccionario de la Real Academia Española por su uso como interjección que enuncia una desilusión, un desencanto o una sorpresa, es una palabra de término, de finalización, de soslayo, de contumaz decisión y, en definitiva, de dolor, porque normalmente se pronuncia cuando despides a algo o alguien que no te gustaría hacer, o queriéndolo se enfatiza para arrancar de tu interior una profunda sensación de ahogo.

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La edad del pavo

De todos es conocida esa etapa de la vida en que los jóvenes muestran una actitud de despiste o de tontería supina que hace que te entren ganas de zarandear al contagiado por este virus propio del crecimiento, del paso de crío a adultos. Una etapa ciertamente compleja y complicada para unos padres que asisten al espectáculo tontuno del día a día, de quienes parecen buscar su independencia y se acercan más en la búsqueda de pertenencia a un grupo que creen que los entenderá mejor. Unos padres que deben recordar que también ellos pasaron por el trance. Cierto que el nivel de pesadez y trastadas tiene también sus escalas, y los hay que pasaron la etapa sin tan siquiera darse cuenta de ello, pero lo cierto es que ninguno nos hemos dado cuenta de lo que hacíamos porque, sencillamente, vivíamos en el mundo de yupi y todo era jolgorio y pomposa felicidad.

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