¡Chapó!, mujer

            Los tiempos que vivimos son un claro exponente de la lucha de la mujer por ocupar el sitio que merecen en una sociedad donde, de antaño, se le marginaba para convertirla en un mero instrumento casero. El avance es importante pero queda aún mucho camino por recorrer, sobre todo porque todavía existe una fuerte resistencia a lo que todavía se llama por algunos como “sexo débil”, en una maquiavélica expresión que parece aludir a la fortaleza física pero que tiene mucha carga de profundidad.

          Traigo todo ello a colación por cuanto me voy a referir a una situación que he podido ver en el seno de una familia, y que no es más que un ejemplo, uno de tantos que se suceden en esta lucha para progresar, pero que me ha llegado al corazón. Tanto como para ponerme a escribir sobre ello. No revelaré la identidad de las personas afectadas porque eso tiene que quedar en el entorno de los protagonistas; lo haré simplemente desde el relato de lo que supone a una mujer comprometerse para intentar progresar laboralmente.

           Vayamos a la situación. Un matrimonio joven, con dos hijos pequeños de corta edad. La mujer se plantea progresar en el trabajo y, para ello, debe dedicar un precioso tiempo a la preparación de una prueba que le permitiera ascender. No hablamos de días o semanas, sino de meses, para simplemente competir. No se asegura nada pues los casos de aspirantes se multiplican y cada uno tendrá su propia historia.

          Mirando a los niños, y al marido, la primera reacción parece evidente: no merece que se reste tiempo a la vivencia familiar en un tiempo que no volverá. Incluso puede ser una excusa muy válida para eludir el sacrificio. Sin embargo, dentro del cuerpo hay una inquietud, y en la mente está  la lucha de esas mujeres en los tiempos precedentes para conseguir que, ahora ella, pueda aspirar a mejorar profesionalmente, en identidad de tratamiento con los hombres que también buscan lo mismo. Hay como una especie de compromiso con la historia y con esas heroínas. Si pierde la oportunidad, y otras muchas mujeres siguen la misma dirección, nos mantendremos donde estamos, sin avanzar como colectivo, y sin poder demostrar la valía de las féminas. Las mujeres seguirán postergadas a un papel secundario.

          Faltaba un empujón, y lo dio quien podía hacerlo con mayor  probabilidad de éxito. El marido, el hombre, animaba a su pareja para que dedicara cuanto tiempo fuera necesario en la preparación. Se encargaría de niños, compras y cuanto fuera menester, pues lo que quería ver es simplemente que su mujer se considerara realizada personal y profesionalmente.

         Toman la decisión y empieza el reto con mucho ahínco e ilusión. Prosigue la travesía del desierto, con unos días mejores y otros peores. Llega un período de vacaciones de verano y, dejando de lado otros menesteres ociosos y de disfrute, se agudiza el encierro para el estudio. Los fines de semana no existen para otra cosa que no sea avanzar en el propósito. Días con tremenda fuerza de voluntad que se compaginan con otros de llantos, desmoralización, niños que preguntan por su madre en los momentos de expansión. Un padre que habla permanentemente con las criaturas para hacerles ver que su madre es una luchadora, dando ejemplo para entender que en la vida no se regala lo que tenemos, sino que se consigue con trabajo, con esfuerzo, con entrega. Tan chicos pero tan comprensibles, cuando hablan de su madre lo hacen para ponerla de ejemplo: “¿Tú también estudias como mamá?”;”Yo sí, pues cuando sea mayor quiero ser como ella”. Conversaciones que hacen brotar las lágrimas.

          Con todo, no falta la gente tóxica. Esa que por rencor, odio o envidia, va poniendo obstáculos en el camino. Hacen daño sin saber, sin conocer la realidad, pues lo único que les entusiasma es su propio ego y cualquier excusa para masacrar al de enfrente, buscando la debilidad de quienes no tienen posibilidad de defensa. Contra este mundanal ruido hay que ir igualmente luchando. No basta con querer, hay que poder y que te dejen demostrar. Bastante difícil en un país que, como he escuchado en alguna ocasión a personas autorizadas, vive permanentemente metido en las trincheras, con el lema popular de estás conmigo o contra mí. Todo lo que se mueve enfrente hay que hundirlo, masacrarlo, porque en este vida, por desgracia, parece que nada más que existimos nosotros… y nuestros amigos.

          Último día de preparación. Se termina el estudio y esa mujer presenta claros síntomas de cansancio. De deseos por que esto pueda terminar ya. De poder retomar la vida familiar que tanto añora. Llega a su casa, y encuentra una nota manuscrita por su hija, en la que refleja un sentimiento compartido con su hermano y su papá. Sin ningún otro comentario, mejor incorporarla a este relato para conocer su contenido. Confieso que me ha estremecido.

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          Llega el momento y, finalmente, el resultado no es el perseguido, con la lógica desazón. Y aunque la gente tóxica salpique con su sonora felicidad, nunca quedará empañado el éxito del sacrificio, de la lucha.  La mujer ya ha triunfado, ha recorrido el camino y conseguido llegar a la meta. Si no es ganadora será porque no se ha corrido lo suficiente. Así es la vida. Lo importante es luchar, intentarlo. De esta forma es como se avanza y progresa para ser algo más que un elemento estático. No tiene que existir una ley para que pueda recibir un trato igualitario que la mujer merece. Lo importante es facilitar el acceso al camino, y recorrerlo, aunque existan múltiples obstáculos en su trayecto.

         Por ello mismo, y aunque sea un simple relato de alguien que se pierde en la grandeza de la humanidad, y en su problemática globalizada, me parece conveniente destacarlo con un contundente ¡Chapó!, mujer. No desfallezcas, hay que proseguir.

 

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